El libro de la Política de Aristóteles comienza su primer capítulo diciendo que “Todo Estado es, evidentemente, una asociación, y toda asociación no se forma sino en vistas de algún bien, puesto que los hombres, cualesquiera que ellos sean, nunca hacen nada sino en vista de lo que les parece ser bueno”[1]. Es precisamente allí donde surgen los planteos, las opiniones encontradas con respecto a lo que consideramos bueno, un buen gobierno. Los hechos a lo largo del tiempo han demostrado que no siempre el bien, perseguido por un grupo de personas, resulta ser el bienestar de todos los miembros de una comunidad; la esclavitud legitimada en la Antigüedad, la Alemania nazi y los años del terror en los setenta en nuestro país parecen ser ejemplos más que suficientes para replantearnos y pensar juntos qué tipo de gobiernos deseamos.
Hoy celebramos vivir en un pueblo regido por el sistema
democrático. La democracia por definición es el “gobierno del pueblo”;
dicha concepción surge en Grecia en los siglos VI y V a.C. y va sufriendo
diversas modificaciones hasta llegar al Estado-Nación de la Modernidad y de
allí a las democracias actuales.
No obstante las prácticas democráticas que experimentamos
a diario (división de poderes, elecciones por medio del voto, libertad de
expresión, etc.) aún resta mucho por hacer en la búsqueda de un mundo para
todos donde sean respetados los derechos de TODOS los miembros que conforman la
sociedad.
En el camino hacia la construcción de una democracia con
justicia social queremos escuchar las voces de todos los
silenciados, la voz del Otro, del diferente que en su otredad
enriquece nuestro mundo.



